| Y con brotes de mi siembra |
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Y CON BROTES DE MI SIEMBRA Andrés Rivanera Por el camino, dormido en charcos, yuyos y piedras, donde tu casa y la mía se secretean por señas y a una cuadra hablan de cosas de grietas y de goteras, anoche pasó la muerte guapeando en su mula negra, con poncho de alba y mortaja y un hueso por lazo y rienda. Caracoleo en mi ventana y se detuvo en tu puerta; se echó a tu marido al anca, a dos más les corrió penca y a mí, por poco me agarra y me lleva de las mechas. ¡Quién se lo iba a imaginar! Pensar que una remolienda que empezó batida en risas iba a cuajarse en tragedia; que la amistad y el cariño se irían...a la misma mierda; que por rencores añejos correría sangre fresca, y en ensalada de tajos picaríamos la fiesta. ¡Buen dar con la polvorita bien celosa y traicionera que estalla cuando se juntan recuerdos, vino y polleras! Y más con tu hombre, que siempre tomó de la chicha negra; contigo, que eres como hacha para formar peloteras, y conmigo, que aunque nunca le busco el cuesco a la breva, cuando me pisan el poncho le armo un taco a la prudencia. Ya iba arrancando la noche, trotando en las cuatro y media. Del cordero no quedaba ni una presa para muestra. El vino había corrido como para bañar yeguas y las cantoras, de roncas, ni aleteaban ya siquiera. Entonces fue cuando el Chano se subió a la carretela y gritó : ¡Ea! ¿Quiénes se animan a ir al pueblo a revolverla? ¡Vamos pues! – dijeron todos – pero antes, ¡la última cueca! Y empezaron otra vez a galopar las vihuelas, a trillar voz las cantoras, y a encacharse las parejas. El finado salió al patio, quizá para aliviar la conciencia, y tú que me andabas de antes con risitas y con señas, me agarraste por un ala y ¡a la cancha las parejas! Dimos la vuelta del brazo; los demás hicieron rueda; tú te agarraste la falda hasta mostrar media pierna; yo tiré al suelo la manta; hice cantar las espuelas, y te rondé, como el gallo el pañuelo en ala y cresta, en una de punta y taco zapateada a toda rienda, con aro en el mismo vaso, abrazo y rodilla en tierra. En medio del tamboreo, la huifa y la sonajera, ahí no más se nos fue abajo, de un solo tirón la fiesta. Llegó el finado y se vino al bulto como una fiera. Lo más suave que te dijo fue un nombre de cuatro letras. A mí me sacó de un viaje al corral la parentela y me amagó con la argolla del rebenque a la cabeza. No pudieron sujetarlo: ¡ qué cristiano con más fuerza! Su entenado pidió cartas; mi hermano afianzó mi apuesta, y nos trenzamos los cuatro a dar por donde cayera. La cosa desde un comienza, se puso hedionda de fea. Volaron los garabatos, los platos y las botellas. Se alborotaron los gallos; no sé quién pisó la perra, y el mujerío chillaba como chancho en la batea. El finado, fierro en mano, charqueaba el aire a la ciega. Un tajo me mordió el hombro; pelé también mi herramienta, y...hasta ahí no más me acuerdo, porque una manta de niebla me tupió al rojo los ojos, la memoria y la conciencia. Y aquí estoy. A lo hecho, pecho Y que sea lo que Dios quiera. El que monta en pingo chúcaro, Que aguante si corcovea. Harto lo siento por ti, pero tiraste la piedra, y aunque ahora escondas la mano, ¿Quién te mandó a hacerme señas, a bailar sola conmigo y a mostrar tanto la pierna sabiendo bien que al finado siempre le ortigó la idea de que si se dio en el gusto y te ganó por las buenas, se llevó terreno arado y con brotes de mi siembra? Tú, de la fiesta al velorio; yo, al hospital y a la celda... ¡Qué tal! ¿Cuándo me convidas otra vez a bailar cueca? |
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