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LA PENA DE FERMÍN.

Víctor Domingo Silva
.
- Patrón, yo la quería
y ella era güena, se lo juro yo;
pero su paire, On Chuma, el que tenía
en el bajo un chinchel, me la negó.
me la negó, patrón, porque en la vía
puee más que el amor el interés,
porque’él necesitaba a la María
pa esplotarla lo mesmo que una res.
¡Y era tan rebonita!
si parecía, con su moo di andar,
una mariposita…
¡un pajarito ‘e Dios que va a volar!
¡Nunca han visto unos ojos como aquellos,
negros, pero con luz como el carbón!…
¡Cuando mi acuerdo de ellos
siento que se me aprieta el corazón!
Muchas tardes, de güelta del trabajo,
me paraba a su puerta, y una vez
En el chinchel del bajo,
Me tomaba una copa, u dos, u tres.
riéndose, la María
me priuntaba, di atrás del mostraor:
- ¿Y pa qué tomai tanto? – y yo le icía:
remedio pa la pena es el licor.
pero, ¿vos tenís pena?
¿Un mozo joven como vos, Fermín?-
Ya le hay dicho, patrón, que ella era güena
y que yo la quería con güen fin.
así, sin impasencia ni escaro,
ibamos platicando la amistá…
nunca me hallé capás de hablarle claro.
y en eso estuvo mi fataliá.
Alguna vez, puntiando en la vigüela
una toná cantaba a media voz…
¡de no golverla a oir, quén se consuela,
patronsito, por Dios!
Yo me quedé di un hilo, embelesao
oyéndola cantar.
¡No cantan con más gusto y afinao
los pajaritos cuando va a aclarar!
Endei, el pobre huaso
solo con su ilusión
se iba en su caballito, paso a paso,
saltándole de gusto el corazón.


Y el viento, y las montañas
y la arbolera, el totoral, en fin
too lo iba sintiendo en las entrañas
que me gritaba: ¡Quérela, Fermín!
la estrellita que en lo alto aparecía,
la flor de más olor,
too cosa espresiable lo creía,
comparao con mi amor.
Pero una tarde, el viejo
por unos chismes que alguien le sopló,
arrugó el entrecejo,
y lo mesmo que a un perro me trató.
ya no la vide más. La suerte ingrata
no me la quiso dar,
hasta que un día supe que por plata
su propio paire la ‘ejó escapar.
¿Onde está la María?
si está viva o es muerta no lo sé,
solo sé que pa mi no hay alegría
ende que ella se fue.
¡Y esta es mi pena grande, caballero!
este, y ni otro, es mi dolor, patrón.
¡Entuavía la quero!
me tenrrá que matar esta pasión…
por eso tomo y me emborracho agora,
porque no sé qué hacer,
y ya no hallo la hora de ejar de paeser.
ya con gusto yo no duermo ni trabajo.
Cuando llego a pasar
frente al chinchel del bajo,
siento como unas ansias de matar.
me acuerdo de aquél viejo descastao
que con su propia sangre negoció,
y por no verlo miro pa otro lao;
con toa mi alma lo aborresco yo…
Parece que hasta el viento,
que sacúe, sumbando en mi tormento…,
y aprieto, bajo el poncho, mi puñal.
y yo,  huaso leal, huaso sencillo,
compriendo a los que matan por amor
y quisiera acabar en el banquillo            

esta vía ‘e desprecio y de dolor.
.

.

 
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