La palabra FOLKLORE Imprimir E-Mail
La Palabra “FOLKLORE” y sus acepciones.

La palabra Folk-Lore fue propuesta por William John Thoms en su ya famosa carta a la Revista THE ATHENAEUN, de Londres, que la publico en el Nº 982, del 22 de agosto de 1846. Con el nuevo termino procuraba sustituir ambiguas expresiones entonces en uso, como “antigüedades” y “literatura popular” designando concretamente el saber tradicional (“Lore”) del pueblo (“Folk”). En la misma carta se alude al “estudio de los usos, costumbres, ceremonias, creencias, romances, refranes, etc., de los tiempos antiguos” sobrevivientes en el pueblo.

Por lo tanto, en esta especie de partida de nacimiento del folklore hallamos en germen la doble acepción con que la palabra ha cargado hasta hoy, originando no pocas confusiones: 1º) el saber del pueblo; 2º) lo que se sabe acerca del pueblo, mediante la investigación sistemática. En la terminología actual, decimos que en el primer caso la palabra se refiere a los fenómenos folklóricos y en el segundo caso a la ciencia que los estudia.
Pero no son estas las únicas acepciones. Se llama habitualmente también “folklore” a ciertas expresiones, en particular de carácter artístico, como danzas, canciones, musica, representaciones teatrales y cinematográficas, etc., no producidas espontánea y tradicionalmente en una región determinada por el “folk”, sino cultivadas por artistas determinados que reflejan en sus obras el estilo, el carácter, las formas o el ambiente propio de la cultura popular. No son por lo tanto fenómenos folklóricos, sino proyecciones de esos fenómenos en el ámbito de las ciudades, en el plano de la creación artística individual y destinada a un publico que no es por cierto el “folk” y que con frecuencia se reduce a refinadas “elites”. Por otra parte para producir, expresar y difundir tales proyecciones se utilizan elementos complejísimos (imprentas, escenarios, maquinarias, organización técnica y comercial, etc.), inconcebibles en el modesto mundo del pueblo.

Las proyecciones revelan inspiración folklórica y se manifiestan en los mas diversos campos: novela y cuentos, poesía y sainete, musica y coreografía, radio y televisión, pintura y escultura, cine y fotografía… Si bien las de carácter artístico son las más evidentes y divulgadas, se revelan también en la industria (tejeduria, platería, cerámica, etc.), en la moda femenina, en el arte culinario. El aprovechamiento de materiales folklóricos en la escuela, la enseñanza metodizada de las danzas nativas, son interesantes ejemplos de carácter pedagógico.

Las proyecciones del folklore son legitimas cuando se afianzan en el conocimiento directo y en la documentación veraz de los fenómenos, en la compenetración del autor o del productor con el espíritu característico y con el estilo representativo del complejo folklórico que se trata de reflejar. Dignamente expresadas, prestigian el folklore de un país y contribuyen a que trascienda de su realidad viviente y de su documentación técnica a planos más difundidos y a veces universales, acentuando la personalidad cultural del país. A la inversa, las expresiones chabacanas e irresponsables conspiran contra el patrimonio espiritual de la nación.

Por fin, hay otros casos a los cuales propongo llamar transplantes. Son manifestaciones de indiscutible carácter folklórico que se producen ocasionalmente fuera de su ambiente y desengranadas de su sistema funcional, aunque los protagonistas e intervinientes puedan ser miembros del “folk”, como por ejemplo personas o grupos trasladados de su pueblo provinciano a las grandes ciudades, gustan cultivar ciertas costumbres y mantener vivo el recuerdo de la tierra nativa. Los hechos serian folklóricos en razón de las personas (miembros del “Folk”) y por la índole de la manifestación supuesta (canción, danza, comida típica), pero en cambio han dejado de ser funcionales, ya con respecto al ambiente geográfico, ya al grupo social. Han variado las necesidades que se quieren satisfacer: las impuestas por las condiciones de la existencia cotidiana lugareña, para ser sustituidas artificialmente por un afán evocativo, por apetencias nostálgicas o propósitos concretos de afirmar la fisonomía y la personalidad provinciana o extranjera frente a un mundo que se considera indiferente, desdeñoso u hostil. En el uso de prendas campesinas o en las reuniones propias de los paisanos; en la reunión hogareña en la que se sirven tortas fritas y se toma mate; en el cultivado matiz del habla regional o en los platos típicos de un almuerzo criollo hallan pretexto, los “trasplantados” provincianos y extranjeros, para recordar el terruño nativo; pero se ve que esos ejemplos no configuran auténticos fenómenos folklóricos ni llegan tampoco a ser proyecciones. Son como gajos que se quiere cultivar en macetas: proceden, es cierto, de “la tierra” lejana, pero no se pretenda que equivalgan, por su desarrollo y su función en la naturaleza y la vida humana, al árbol añoso del monte nativo.

Extractado de el libro Esquema del Folklore de Augusto Raul Cortazar.
 
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