| Asi nacio Santiago de Chile |
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ASI NACIO SANTIAGO. El sol de febrero caía como un baño de oro hirviente sobre los espinales, boldos y maitenes de los campos de Conchalí, en cuyas inmediaciones vivía el poderoso cacique Huechuraba. En el “rehue”, o toiderío de este cacique había inusitado movimiento. Una antigua profecía se acababa de cumplir: dioses blancos y extraños llegaban por los caminos del norte. Valdivia había sido bien recibido por llos caciques comarcanos, que miraban con temor supersticioso a esos seres de caras pálidas, La campiña se ofrecía como silvestre regalo a los ojos del conquistador. Hacia el sur, el Cerro Grande (San Cristóbal) se mostraba coronado de palmas chilenas, lo que daba a su cumbre la apariencia de una diadema de cacique. Las palmas crecían silvestres en las quebradas junto a las pataguas y a los peumos. El Cerro Redondo (Cerro Blanco) era la única mancha émarilla en el verde profundo del paisaje. El capitán pensaba en el reino que había de surgir de su sueño y estaba silencioso, porque es el silencio el que anuncia los momentos estelares de la naturaleza o de los hombres. —Las lenguas enmudecen cuando la emoción es muy ancha —dijo una voz. Valdivia volvió de su ensimismamiento y vio a su lado al padre Lobos, el sufrido capellán vestido de soldado, que acompañaba a la expedición. El capitán expresó en alta voz su pensamiento:’ Se habían unido al grupo varios soldados y la mujer que seguía a Valdivia, y que era la intrépida doña Inés de Suárez. —Una ciudad —dijo doña Inés, y a todos les pareció que surgían casas, plazas, calles en la soledad dilatada de la llanura. Don Pedro ya no era el silencioso pensador de hacía unos momentos. Era el hombre dé acción, era el capitán que daba órdenes con voz estentórea, como si estuviera en el campo de batalla. —Eh, tú, Almonacid, haz venir a mis segundos. Avisa a Francisco de Aguirre y a Alonso de Monroy que formen a la gente. Un súbito alboroto que se escuchó a la distancia cortó las palabras de Valdivia. Un grupo de españoles y de indios se acercaba —Qué pasa? Un indígena de altivo porte marchaba seguido de varios guerreros, con un cintillo de plumas en la frente y un bastón de mando entre las manos. El cacique se inclinó en señal de saludo y Valdivia respondió con una venia. Un indio yanacona hizo de intérprete en el diálogo entre el cacique de pecho desnudo y el conquistador cubierto de hierro. —Cómo os llamáis? —Me llaman Loncomilla, que quiere decir Cabeza de Oro. —,De dónde venías? —Vengo del sur. Soy el señor del Maipo y traigo mi amistad al jefe blanco. Loncomilla escuchó la traducción del intérprete, movió la cabeza y empezó una larga perorata en que alternaban palabras melodiosas y sílabas estridentes. Sus manos ora señalaban el sur, ora trataban de hacer signos en el suelo. Valdivia meditó un momento las palabras de Cabeza de Oro y luego, de improviso, dio la voz de marcha. La cólumna se formó en un santiamén. Los abanderados con los colores de Castilla a la cabeza, los caballeros sobre sus recios corceles, los infantes con sus alabardas en el puño, los indios de servicio con los pertrechos al hombro. Días más tarde, el 12 de febrero del año 1541 del Señor, se puso lla primera piedra de Santiago junto al roquerio del Huelén y del canto húmedo monocorde y eterno del Mapocho. MANUEL GANDARILLAS |
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