Asi nacio Santiago de Chile Imprimir E-Mail

ASI NACIO SANTIAGO.
CUENTO PARA LOS NIÑOS MINEROS

Para saber y contar y contar para saber...

El sol de febrero caía como un baño de oro hirviente sobre los espinales, boldos y maitenes de los campos de Conchalí, en cuyas inmediaciones vivía el poderoso cacique  Huechuraba.

En el “rehue”, o toiderío de este cacique había inusitado movimiento. Una antigua profecía se acababa de cumplir: dioses blancos y extraños llegaban por los caminos del norte.
    
El capitán extremeño don Pedro de Valdivia, sus 150 aventureros y una mujer venían por las tierras de Colina y Quilicura, en una cabalgata, nimbada por el sol canicular,  que levantaba una tolvara dorada, precursora de la gloria.

Valdivia había sido bien recibido por llos caciques comarcanos,  que miraban con temor supersticioso a esos seres de caras pálidas,
de barbas enmarañadas, vestidos de metal y montados sobre animales más grandes que los pumas y los huemules de la montaña.

El tropel de los caballos de España se detuvo en una revuelta del camino. El sitio era acogedor y ameno. Resultaba como
un oasis en esa tarde de fuego. Frondosos peumos ofrecieron a los cansados españoles anchos abanicos de sombra.
Al pie ‘de unos plateados canelos, el agua de un “puquio” o vertiente apagó la sed de los guerreros,  de los corceles y de los “yanaconas”, indios de  servicio que hacían también de intérpretes.

    Don Pedro desmontó de su mulato y se despojó del yelmo. Aspiró con deleite el airecillo fresco que parecía nacer allí mismo de la sombra de los follajes, y dijo para sí:
    «Voy a dar a Su Majestad un reino y aquí fundaré su capital. .

La campiña se ofrecía como silvestre regalo a los ojos del conquistador.

Hacia el sur, el Cerro Grande (San Cristóbal) se mostraba coronado de palmas chilenas, lo que daba a su cumbre la apariencia de una diadema de cacique.

Las palmas crecían silvestres en las quebradas junto a las pataguas y a los peumos. El Cerro Redondo (Cerro Blanco) era la única mancha émarilla en el verde profundo del paisaje.

El capitán pensaba en el reino que había de surgir de su sueño y estaba silencioso, porque es el silencio el que anuncia los momentos estelares de la naturaleza o de los hombres.

—Las lenguas enmudecen cuando la emoción es muy ancha —dijo una voz.    Valdivia volvió de su ensimismamiento y vio a su lado al padre Lobos, el sufrido capellán vestido de soldado,   que acompañaba a la expedición. 

El capitán expresó en alta voz su pensamiento:’
    —Fundaré una ciudad, reverendo padre. Una ciudad que se llamará Santiago del Nuevo Extremo. Santiago, en  honor del Apóstol Patrono de España, y del Nuevo Extremo, en recuerdo de Extremadura, mi provincial natal...

Se habían unido al grupo varios soldados y la mujer  que seguía a Valdivia, y que era la intrépida doña Inés de Suárez.

—Una ciudad —dijo doña Inés, y a todos les pareció que surgían casas, plazas, calles en la soledad dilatada de la llanura.

Don Pedro ya no era el silencioso pensador de hacía unos momentos. Era el hombre dé acción, era el capitán que daba órdenes con voz estentórea, como si estuviera en el campo de batalla.

—Eh, tú, Almonacid, haz venir a mis segundos. Avisa  a Francisco de Aguirre y a Alonso de Monroy que formen a la gente.
Llama al escribano Juan de Cartagena, para que levante el acta de la fundación. Que venga mi alarife Gamboa para que trace el plano de las calles y de los solares. Que se presente...

Un súbito alboroto que se escuchó a la distancia cortó las palabras de Valdivia. Un grupo de españoles y de indios se acercaba
con pasos presurosos. 

 —Qué pasa?

—Es un nuevo cacique que viene a presentarse a Vuesa Merced —gritó un castellano.

Un indígena de altivo porte marchaba seguido de varios guerreros,  con un cintillo de plumas en la frente y un bastón de mando entre las manos.

El cacique se inclinó en señal de saludo y Valdivia respondió  con una venia.

Un indio yanacona hizo de intérprete en el diálogo entre el cacique de pecho desnudo y el conquistador cubierto de hierro.

 —Cómo os llamáis?

—Me llaman Loncomilla, que quiere decir Cabeza de Oro.   

—,De dónde venías?

—Vengo del sur. Soy el señor del Maipo y traigo mi amistad al jefe blanco.
 —Bien venido, Loncomilla. Acepto vuestra amistad, como he aceptado ya la de trece caciques de la región. Quedaos con nosotros y veréis cómo se levanta una ciudad, porque aquí, en esta tierra que estáis pisando, voy a construir la capital de este reino.

Loncomilla escuchó la traducción del intérprete, movió la cabeza y empezó una larga perorata en que alternaban palabras melodiosas y sílabas estridentes. Sus manos ora señalaban el sur, ora trataban de hacer signos en el suelo.
    El yanacona tradujo.
    —Dice que caminéis otro poco hacia el sur. Más allá del Cerro Grande y del Redondo hay un peñón y un  río, donde está el tolderío del curaca Vitacura, representante del Inca del Perú. La tierra es muy fértil; el río se llama Mapocho y se abre en dos brazos en torno del peñón que sirve para atalayar el valle.

 Valdivia meditó un momento las palabras de Cabeza de Oro y luego, de improviso, dio la voz de marcha.

La cólumna se formó en un santiamén. Los abanderados con los colores de Castilla a la cabeza, los caballeros sobre sus recios corceles, los infantes con sus alabardas en el puño, los indios de servicio con los pertrechos al hombro.

Días más tarde, el 12 de febrero del año 1541 del Señor, se puso lla primera piedra de Santiago junto al roquerio del Huelén y del canto húmedo monocorde y eterno del Mapocho.

MANUEL GANDARILLAS

 
Web Folklore
 

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